El martillo golpea desde lo alto y nos declara culpables.
Bailamos entre cadáveres porque nos lo merecemos, cantando loas a la Parca.
Me miro en el espejo y veo al peor de mis enemigos: creado a imagen y semejanza de Dios, no puedo más que odiarme; no puedo más que odiarlo en la cara de todos y cada uno de ustedes.
No hay futuro, no hay destino, no hay luz al final del túnel: solo la dulce caricia de la Peste; solo el filo de la guadaña y el beso del esqueleto.
¡Nuestra hora ha llegado! Debemos pagar por nuestros crímenes, los cuáles forman parte intrínseca de nuestra genética. Ellos nos animan, nos dan vida, nos hacen humanos.
Somos hijos del Divino vicio; estamos creados a imagen y semejanza del peor de los criminales.
Suena la trompeta, soplan los vientos de Plaga. La única y verdadera Justicia Divina.
¡Salve!
